Unos siete a ocho kilómetros de ondulaciones suaves, pinos y vistas a la ensenada de San Simón invitan a una marcha sin carreras. Estaciones en ambos extremos dan libertad absoluta para el regreso. Los miradores naturales sobre la ría recompensan cada pausa, y los bancos de madera piden libreta y lápiz. Termina junto a una cafetería tranquila, brindando por el rumor de la marea.
Camina entre playa, marismas y la entrada del Eume, con horizontes que cambian a cada curva. Son ocho kilómetros ideales para estirar piernas y alma, con estaciones prácticas al principio y al final. El puente medieval de Pontedeume enmarca historias de mercaderes y marineros; respira hondo sobre sus piedras. Después, empanada de xoubas y tren de vuelta con la tarde dorándose.
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